SÁDICO CUPIDO

El amor transcurre a veces por un estrecho pasillo entre dos casas vecinas, arrimándose a la puerta de las moradas, inesperado y con inocente candor, uniendo a jóvenes parejas, ante la inmensa alegría y satisfacción de la comunidad entera.

En esos casos de suerte, el camino se despliega cual abanico, abierto y llano ante los afortunados, que no les queda más que entrelazar las manos y recorrerlo, como en las películas de Disney, caminando juntos hacia el crepúsculo.

Se dan también los casos en los que el amor llega no-solicitado, como dicen los ingleses, arriesgando la calma y bienestar de los hogares, cuál ladrón nocturno y des-invitado, revolviendo las brasas de hogueras casi extintas. Sin demasiadas preguntas o rodeos, realiza su hechizo, marchándose después sin esperar a ver las consecuencias. Son esas las veces en las que Cupido, fruto de Venus y Marte, los dioses del amor y la guerra, despacha una flecha errante, sin rumbo ni destino, que se clava en un cuerpo aleatorio, una media naranja que, respondiendo a la nueva llamada, se pone la mochila y abandona a su suerte a la otra media.

Quizás fuera la última flecha que quedó en el cesto de mimbre del diosecito, o no se dio cuenta, o se levantó con el pie izquierdo, pero un dardo único no correspondido bien pudiera equivaler a la pena de muerte, causando un dolor inmenso al enflechado desesperado. Al parecer, difiere Cupido de la imagen del travieso querubín plasmado en los cuadros de Rubens y la mitología griega, acordando más bien con el perfil de un sádico, publicista de crudas telenovelas del reality de la vida, que, sin duda, son más sorprendentes e imprevistas que todo guion imaginario.

Fue uno de esos casos de flechas errantes el que le llevó a un antiguo jefe mío a la locura. Se le clavó de repente, sin señal previsora alguna, enamorándose perdidamente al verme por vez primera en la entrevista de trabajo, a la que acudí como candidata de empleo de márquetin digital, madre de dos infantes que lo único que deseaba era sacar adelante a su pequeña familia, apoyar al esposo que me quería tiernamente y arrimar el hombro para solventar los escollos financieros de la vida matrimonial.  

Un sinfín de malas coincidencias, dos o tres malas personas y la burla del tal sádico Cupido le llevó a mi desafortunado pretendiente a despedirse finalmente de la empresa y a emigrar a la antigua isla de presos y exilados, Australia.

Cuando comenzó a molestarme susurrando por teléfono y pidiendo mandarme fotos suyas en bañador me di cuenta de que era de hecho uno de los hombres más atractivos de la empresa, que digo de la empresa, uno de los más atractivos, punto. Jugador de baloncesto de renombre en su pasado, carismático, apuesto e incluso, a no ser por el flechazo, buena persona.

Al ponerse las cosas feas y aumentar el acoso, no tenía él idea de que tras la delicada apariencia de una mujer madura se encontraba, hasta entonces adormecida, Atenea, la mitológica diosa griega de la sabiduría y de la batalla.

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